Fluir al ritmo de un tambor que no para, sólo cambia y a ratos te mueve, a ratos te calma.
Pensar que nos hemos creído invencibles, engañándonos, por que somos torpemente sensibles a ese ritmo que libera nuestros pasos y hace fluir el cuerpo al vaivén del viento que si bien nos congela los huesos, a ratos nos cobija entre sus palmas, y entiendes que ese preciso 'momento' es tan valioso como ese pensamiento que callas
por no querer recitar canciones al ritmo de ese tambor que no para...
era eso un temblor?