Con el tiempo y mis relaciones interpersonales, he aprendido buenas y malas costumbres,
ambas subidas a la balanza de mis valores y mi propia complacencia.
Aprendí a mentir, aprendí a ignorar,
aprendí que el orgullo es la mejor de las armas contra el dolor pero tiene doble filo,
por que la irreverencia me cuesta y termino con cortes de gravedad,
por que cuando me equivoco me hace callar, a veces mentir, todo en propósito de no volver al mismo hueco de donde broté para dejar atrás toda esa oscuridad.
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